jueves, 7 de junio de 2012

Los libros del Sr. Morris (6º C)



UN MUNDO EXTRAÑO

Morris Lesmore en el balcón del cuarto de un hotel calmamente leía sus libros y también escribía en ellos cuando un huracán sale devastando la ciudad, casas volando y él consigue agarrarse a un poste. Después intenta recuperar el libro rodeando una de las casas dentro del huracán.
Morris cae en un mundo extraño, todo en blanco y negro con todo devastado a su alrededor. Las personas pensativas intentan descubrir donde están y porque están en ese lugar.
Cuando percibe que todas las letras de los libros no están más allí. Va caminando. Ve una mujer agarrada a varios libros y todo vuelve a tener color nuevamente. Va en dirección a una biblioteca dónde sólo hay libros. Observa un libro tocando un piano y comienza  a bailar con los libros y todos aplauden y se va a dormir. Por la mañana alimenta los libros con cereales de letras, portadas como ropas. Él va a arreglar un libro, uno de los más viejos. Pasa otros días escribiendo en su libro, dando libros a las personas. Muy viejo acaba su libro, el cual escribió toda la vida. En la puerta de la biblioteca, los libros lo rodean y él se queda joven nuevamente. Una niña se aproxima de la biblioteca, el libro va a su brazo y ella se queda toda colorida.

Igor 

Los libros del Sr. Morris (6º A)



EL MUNDO DE LOS LIBROS

Era una vez un hombre que estaba sentado en una silla escribiendo un libro y de repente estalla un huracán que se lleva todo para un lugar, pero ¿qué lugar es ese? Es un lugar llamado “El mundo de los libros”. Cuando Morris abre su libro está en blanco, es decir las letras se habían ido, entonces él se queda triste y sale andando por la ciudad encontrándose “La casa de los libros” y se queda a vivir allí hasta su vejez y así un bello día se apoya en la puerta y algunos libros voladores incluyendo el suyo lo llevan por el cielo. Ahí una niña llega después que él se había ido con sus libros. Ella entra en casa y todo comienza de nuevo.

THEREZA RAQUEL

martes, 5 de junio de 2012

El Rey de España de visita en Brasil



El País, Martes 5 de Junio de 2012

“España tiene solidez para superar la crisis”, proclama el Rey en Brasil

Don Juan Carlos asegura que las reformas emprendidas por el Gobierno “no tardarán en dar fruto”

MIGUEL GONZÁLEZ - Brasilia

domingo, 3 de junio de 2012

Triste alegría



Aquí os dejo "La mujer del ascensor" un poema inédito de Carlos Drummond de Andrade (traducido por mí al español), que será publicado en breve por la editorial brasileña Cosac Naify y que formará parte del libro titulado "Triste Alegría".


LA MUJER DEL ASCENSOR

La que se quedó allí lejos, en la gran ciudad...
La que yo vi apenas un minuto, un minuto solamente,
en el acensor que subía.
Con que nostalgia inédita me acuerdo
de la que no fue ni una sombra, una sombra fugaz,
en mi destino.
De la que se quedó, sonriendo, con un poco de mí,
con un poco de mi ser anónymo y vulgar,
a miles de kilómetros en la gran ciudad.

Carlos Drummond de Andrade

La gripe



He estado más de una semana sobrellevando una gripe traicionera, que llegó sin avisar el fin de semana pasado, lo que me ha impedido escribir en este diario virtual algunas palabras en español, que llegan a mi cabeza y se van rápidamente si no consigo atraparlas en la pantalla del ordenador.

Cuando estaba tremendamente "gripado" pensé en escribir algo sobre esta enfermedad invernal y febril, pero mis neuronas estaban tomando antipirona y apracur y se negaban a pensar en nada. Entonces recordé al escritor Juan José Millás y busqué en google algún artículo suyo sobre este tema para leerlo en las clases de español y de casualidad descubrí que la primera columna que escribrió en el periódico el País el 23 de febrero de 1990 se titulaba así: "La gripe". Espero que os guste.


La gripe viene de Asia; los fantasmas, del armario; el terror, de las sombras. La gripe es un proceso. Un día, después de comer, empiezas, a mirar las cosas con cierta extrañeza. Te parece que tus compañeros de trabajo se mueven a una velocidad excesiva; además, no tienen frío, mientras que tú, desde hace dos o tres horas, sientes en la espalda -tan deshabitada habitualmente- un movimiento especial, como si alguien hubiera abierto una ventana a la altura de los riñones. Los muebles del despacho son opacos; no comunican nada, excepto esta voluntad intransitiva. En la calle, los coches y la gente arrastran una pesadez mortal. Parecen manejados a distancia por un mecánico poco hábil. A lo mejor no te has dado cuenta todavía de que tienes fiebre, pero lo cierto es que las articulaciones de tu cuerpo han empezado a enviar leves mensajes de aflicción que se traducen en un estado de ánimo que tiende a la indiferencia. Al acostarte, te has encogido con placer y tu mujer te ha dicho que estás ardiendo. Estás ardiendo. Mañana tenías un compromiso importante y te hace gracia pensar que el compromiso no te importa nada, como el resto de la realidad.Los huesos todavía no te duelen demasiado, de manera que fantaseas con que vas a poder leer. Tres días de cama, dos novelas. No acabas de coger el sueño, ahora estás algo excitado. Haces un repaso de la semana y te sorprendes de la pasión que has puesto en placeres absurdos, perecederos. Te duermes y sueñas los pasos de tu madre en el pasillo. Eres un niño y el mundo no depende de ti. Puedes ser irresponsable y eso te proporciona un latigazo de felicidad. Te encoges un poco más y notas los dedos de tu madre en la frente. Algo así no puede venir de Asia; tiene que proceder de lo más hondo de uno mismo, como los fantasmas que parecen salir del armario, como el terror que emerge de las sombras. En fin.

martes, 22 de mayo de 2012

Los Beatles y el paso de cebra





En 1969 yo sólo tenía un año de vida y aquellos cuatro amigos de Liverpool se reunían por última vez para grabar el disco "Abbey Road". Cuando ya tenía 11 años y una bicicleta me compré "Help!" en una "cinta original" que me costó el ahorro de un montón de pagas, que recibía los domingos. Me gustaron tanto aquellas canciones que corrí de nuevo a la tienda de música y pedí otra cinta de los Beatles y la dependienta me ofreció aquella en la que los cuatro amigos están con barba, cruzando un paso de cebra. Recuerdo que coloqué la nueva cinta en el radio casset, que había sido de mi primo y comenzaron a sonar los acordes de "Here comes the sun" y aquella guitarra acústica me hipnotizó. El problema vino después cuando las demás canciones no tenían nada que ver el sonido pop, eléctrico y rítmico de las canciones que tanto me gustaban. Recuerdo que "I want you" y "Come together" me daban miedo y dejaba el radio casset tocando y me iba de la habitación. Todavía no entendía que los grupos de música evolucionaban en la búsqueda constante por la creatividad. Yo pensaba ingenuamente que los Beatles de Help! del año 1965 habían continuado cantando y componiendo siempre la misma canción, o por lo menos el mismo estilo de música. Tarde en descubrir el disco "Abbey Road" y en apreciar aquellas canciones que parecían inacabadas. Ahora después de muchos años y algunos desengaños, aquella fotografía está pegada en la habitación donde leo, escribo y ordeno recortes viejos de periódicos. En la pared los Beatles avanzan hacia la derecha con paso firme y simétrico. Y estos días se subastó una fotografía donde ellos van hacia la izquierda, como queriendo volver a casa, después de un largo viaje. 

domingo, 20 de mayo de 2012

La página de "El Sur"



Este sábado me tocó cuidar de un exámen en la Escuela donde trabajo de las 07:00 al medio día, con un pequeño intervalo de quince minutos para tomar un café. Me había llevado varios libros de bolsillo para leerlos, mientras los alumnos hacian las diferentes pruebas. Sin embargo no pude leer nada de nada, únicamente casi al final de la mañana cuando sólo quedaban en la sala algunos alunos intentando resolver ecuaciones de segundo grado y logaritmos neperianos, conseguí leer un pequeño relato del escritor argentino José Luis Borges, titulado "El Sur". Aquí os dejo un párrafo cazado con el bolígrafo rojo, donde la luz amarilla del nuevo día inundaba aquella historia.


"La primera frescura del otoño, después de la opresión del verano, era como un símbolo natural de su destino rescatado de la muerte y la fiebre. La ciudad, a las siete de la mañana, no había perdido ese aire de casa vieja que le infunde la noche; las calles eran como largos zaguanes, las plazas como patios. Dahlmann la reconocía con felicidad y con un principio de vértigo; unos segundos antes de que las registraran sus ojos, recordaba las esquinas, las carteleras, las modestas diferencias de Buenos Aires. En la luz amarilla del nuevo día, todas las cosas regresaban a él".