viernes, 23 de mayo de 2014

Desutilidade Poética




El otro día, creo que era miércoles, después de una jornada intensa de trabajo me fui con mi hija al teatro. Llegamos con algo de tiempo sobrando y nos tomamos un zumo de naranja los dos sentados, esperando a que comenzase la obra "Desutilidade Poetica"

Descubrí hace tiempo los poemas de Manoel de Barros gracias a otra pieza de teatro llamada "O homem de Barros" y desde aquel día me quedé prendado de aquellas metáforas delirantes que jugaban con las palabras y con los bichos de la naturaleza, como juega un niño solitario que no tiene nada que hacer en una tarde de vacaciones.

En el escenario había un montón de hojas secas y un fogón con agua hirviendo y allí se fue despertando un personaje conocido de los lectores de Manoel de Barros, Bernardo, el cuidador de las aguas, interpretado por el actor Mauricio Ricardo, que con gestos precisos va desgranando frases y poemas que extrae de un viejo baúl, donde se esconden latas de conserva vacías y otros materiales dignos del secreto arte de la poesía.

Bernardo, alter ego de Manoel de Barros nos habla del viento y de hormigas, de coches olvidados y herrumbrosos, "gusmentos" y Mauricio, el actor que lo interpreta, danza y canta, mientras va cocinando a fuego lento un arroz, con algo de carne, cebolla, ajo y tomate. Y todo esto delante de los espectadores, diciéndonos a todos "com pedaços de mim, eu monto um ser atônito".

Cuando el arroz está casi pronto, Bernardo, Mauricio, Manoel, no sé quien de los tres, comienza a silvar una música de Caetano:

Todo dia o sol levanta
E a gente canta
Ao sol de todo dia

Fim da tarde a terra cora
E a gente chora
Porque finda a tarde

Quando a noite a lua mansa
E a gente dança
Venerando a noite

Y aquel personaje que nos ha cautivado durante más de una hora, se despide de nosotros gritando en voz alta y lanzando por el aire un montón de hojas secas, que no sabemos si son restos de palabras olvidadas, que caerán en la tierra y germinarán y se convertirán en materia de poesía, junto a un caracol, un sapo o una hormiga, todos ellos seres más "desimportantes" que una central nuclear.

Antes de irnos, mi hija y yo y casi todos los espectadores que allí estábamos, fuimos a degustar aquel humilde arroz, cocinado por alguien llamado ¿Mauricio, Bernardo, Manoel?, que tal vez se siente más libre y más humano jugando a coger al viento por el rabo.


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