Os dejo aquí este artículo de Fernando Trueba, el director de cine español que más sabe sobre música brasileña.
Banda sonora de un país
Esta tierra suena. Más
allá de géneros y épocas, la melodía corre paralela a su historia
FERNANDO TRUEBA, Jueves 5 de Junio de 2014
Brasil es tierra de
músicos y de música. Cualquier selección que uno haga de sus artistas será
siempre injusta, incompleta, subjetiva, parcial y discutible.
Ha dado tantos genios a
la música que sólo Estados Unidos puede competir. Al ser un país relativamente
nuevo, moderno, la música culta (“erudita”, que dicen ellos) y la popular se
desarrollaron de forma paralela, mirándose, escuchándose, nutriéndose la una de
la otra. Como debe ser, y nunca es. Nada más saludable.
Para los que aman la
música brasileña no hay distinción de géneros ni de épocas: desde los
fundadores Ernesto Nazareth y Miguel Gomez y sus continuadores Villa-Lobos y
Chiquinha Gonzaga, a personalidades geniales como el gran Pixinguinha, o los
grandes de la generación intermedia como Ary Barroso, Dorival Caymmi, Noel Rosa
o el maestro Radamés Gnattali, autores de páginas inmortales de la música
popular, hasta ese ecuador de la música brasileña que es Antonio Carlos Jobim,
frontera entre el pasado y el futuro, entre la tradición y la modernidad, donde
una vez más lo clásico y lo popular, el folclore y el jazz forman parte de una
misma obra, inseparables, irreductibles, una misma cosa.
Con el golpe militar
(“revoluçao”que dicen ellos) y las políticas neoliberales llegaron las
corporaciones, las televisiones privadas, los festivales de la canción… Todo se
mercantilizó. Y el daño que se hizo a la música de Brasil fue total. Como a la
de todos los países, me podrán decir. Sí, pero en Brasil había mucho que
destruir. Un talento infinito. Un arte que envolvía el país entero, sin distinción
de sexo, raza o clase, y lo ponía a bailar o lo arrullaba con las más bellas
melodías.
A finales de los
cincuenta y principios de los sesenta –contemporáneamente a las nuevas olas–,
Brasil vivía una edad de oro: una explosión colectiva de talento, uno de esos
momentos mágicos donde un país acumula tal poder de creación que se convierte
en el centro del mundo. La capital musical del planeta.
Nació la ‘bossa nova’, un
movimiento de veteranos y de jóvenes, de músicos profesionales y amateurs, de
blancos y de negros, de ricos y pobres, de poetas y músicos, de instrumentistas
y cantantes, en fin, de mujeres y hombres que pusieron a Brasil en la cima de
la música mundial y lograron que el mundo entero se enamorase de Brasil gracias
a su música.
El capitalismo –esa forma
de barbarie que algunos confunden con el libre mercado– acabó con el arte
musical en Brasil, con la música instrumental, con las orquestas… Un puñado de
geniales cantantes de la MPB [música popular brasileña] mantuvieron viva la
llama: Elis Regina y João Gilberto, Caetano Veloso y Chico Buarque, Gilberto
Gil y Milton Nascimento…
Pero el genocidio
artístico se había consumado. Muchos de los mejores instrumentistas de Brasil
se dispersaron por el planeta, infiltrándose en las mejores bandas del mundo y
haciéndolas sonar mejor. Y los demás se quedaron a acompañar a los cantantes a
veces buenos, otras…
Tenório Jr. y Victor
Assis Brasil, dos de sus jazzistas más destacados, morían prematuramente, el
primero asesinado en los días anteriores al golpe en Argentina.
Muchos fueron a Estados
Unidos, otros a Europa: João Donato y Moacir Santos, Raul de Souza y Paulo
Moura, Eumir Deodato y Airto Moreira, Claudio Roditi y el Trio da Paz… Y tantos
y tantos otros. ¡Pero si hasta el mismísimo Jobim tuvo que emigrar a Estados
Unidos en busca de un clima más favorable para su música!
Fue algo así como si a
los impresionistas los hubieran disuelto y los hubieran mandado a pintar
fachadas. O a los directores mejores del Hollywood dorado los hubiesen
reconvertido en directores de spots de publicidad. O a nuestra generación del
27… Bueno, a éstos en realidad les pasó lo mismo, o parecido. Barbarie,
dictadura y exilio.
Pero claro, como Brasil
es una fábrica de música, ni por un segundo ha dejado de haber músicos geniales
aunque, eso sí, florecieron horteras de todos los colores y categorías en
número suficiente para abastecer varias galaxias.
Pero no hay que pensar
que en Brasil se ha dejado de hacer buena música, la mejor, pues además de los
grandes de la MPB, todos en activo, siguen veteranos como Hermeto Pascoal o
Alaide Costa o Francis Hime, y un largo etcétera de cantantes e instrumentistas,
y otros más jóvenes, aunque ya maestros indiscutibles, como Marisa Monte o
Arnaldo Antunes, o la Banda Mantiqueira, tal vez la mejor big band del mundo, o
la guitarra de Marcus Tardelli, o la voz de Rosa Passos, y seguiría hasta
llenar varias páginas de esta revista sólo con nombres propios.
En Prima della
revoluzione, la película de Bertolucci, un personaje gritaba: “¡No se puede
vivir sin Rossellini!”. Me confieso amante incondicional del cine de
Rossellini, pero creo que podría vivir sin él. Sin embargo, creo que… ¡no se
puede vivir sin la música brasileña!
No hay comentarios:
Publicar un comentario